A view of Bolivian Day of the Dead from Two Very Different Cementeries

Un muro sólido de flores, un ininterrumpido manto de colores, rodeó el cementerio general de La Paz este martes. Rosas del más intenso rojo, claveles del purísimo blanco y gladiolas de una imperiosa púrpura. Las mujeres que trabajaban en las decenas de puestos en frente del camposanto nadaban en un mar de tallos cortados respondiendo con rapidez a la inundación de peticiones de las familias dolientes que llegaban  para recordar sus difuntos.

Este martes, se armó una gran mesa en la puerta principal del cementerio, un homenaje de la alcaldía a seis figuras del mundo cultural que fallecieron el pasado año. Entre ellos, el dirigente indígena Eddy Martínez que murió en un accidente de avión al regresar a la marcha indígena del TIPNIS.

El anfitrión aymara explicó el significado de las varias ofrendas en la cosmovisión andina a la muchedumbre.

“La llegada tiene que ser dulce por eso ponemos las cañas,” pronunció.

“Y ponemos esas velas para dar luminaria a la vía en su largo viaje. Los tocoros, porque los ajayus traen mucha sed en su largo viaje,” agrega.

Y luego empezó la moseñada, cinco hombres tocaron una canción para los difuntos.

“Responso, responso, Padre nuestro”. Al fondo del cementerio, con una voz temblorosa un viejo reza una oración más privada al padre de tres hermanas. Son señoras de pollera, pero hoy han cambiado su vestimenta de colores por una manta negra solemne. Las tres se vistieron iguales, pudieron ser trillizas. De sus aguayos colmados Francisca, Marta y Andrea, sacaron las ofrendas dedicadas a su padre, Francisco Tarqui. Murió el 4 octubre 2004, tras una larga vida de 81 años, dijeron. Sin prisa separaron las t’anta wawas de los dulces y las pasankallas de las frutas, en un ritual ya muy consabido.

Andrea subió una escalera de madera con cautela y colocó cada ofrenda en su lugar dentro del pequeño mausoleo. “Era muy bueno, un padre”, dijo simplemente.

Vinieron al cementerio general de La Paz para volver a recibir el ajayu de su padre por un sólo día, en cada vía estrecha del cementerio general diferentes familias hicieron lo mismo. Algunos se rieron al compartir un reconocido chiste intrafamiliar, otros lloraron visiblemente y se consolaron entre sí. Pero ese día, las vías más tristes eran las vacías.

Veinticuatro horas después, en el día de los Difuntos, las familias que se congregaron en el cementerio jardín de Obrajes no caminaron por angostas callecitas sino subieron por anchas sendas adoquinadas. En sectores con nombres exótico – como acacias, cipreses y dalias – grupos de madres con hijos y abuelos con nietos se sentaron al lado de las fosas de sus parientes para pasar los últimos momentos con ellos antes de que se partieran de nuevo. Una familia incluso montó una carpa de donde dos niños echaban agua cuidosamente a la sepultura con sus pequeños bidones verdes. Pero las familias en el camposanto sureño no montaron mesas como se había hecho en el cementerio general al norte de la ciudad.

“Tenemos ciertos parámetros,” explicó Vivi Auza.

“No somos tan arraigados a estas costumbres. No hacemos una gran fiesta. Nada más hacemos una mesa en casa lo más simple posible,” agregó.
Aunque no practica los ritos tradicionales andinos, todavía cree en el significado religioso de estos dos días consagrados. Llevando un ramillete de flores blancas para representar la pureza, dijo que había venido para despedirse de su bebé tristemente fallecido.

“Para mí particularmente le siento más cerca que nunca. Siento que su espíritu realmente está conmigo”.

No trajo ofrendas al cementerio pero dijo que en su casa, rodeado de su familia, sí se había permitido unos gestos simbólicos para consolar la tristeza: preparó la comida favorita de sus difuntos y unas masitas.
Su hija, Carolina Garviza, que estaba a su lado remarcó: “Realmente es otro feeling. Tal vez es más psicológico, pero sentimos este acercamiento a nuestros seres queridos en estos dos días.”
A las once de la mañana la municipalidad programó una gran misa pública en la entrada del Cementerio Jardín, listos para la despedida de los espíritus al mediodía. Cientos de personas se pusieron de pie atentos al sermón del cura que enfatizó la importancia del día y ofreció su bendición a los difuntos.

Y a las doce, todo el mundo fijó la vista hacia arriba donde cientos de globos blancos soltados flotaban entre las nubes. Las familias en la tierra imaginaban que los espíritus de sus seres queridos también ascendían al cielo. A la misma hora, en la Zona Norte, obraba una similar simbología. Los paceños congregados miraban a las escaleras de sus mesas dedicatorias y sentían con toda convicción que las ajayus de sus difuntos emprendían su largo pero bendito viaje al pueblo eterno.

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