Orphans of El Alto remember their parents during Bolivian Day of the Dead

[Pics soon. In a fifth circle of hell cafe with snail-paced internet.]

En el Alto, detrás de unas rejas de hierro, hay doce casas. Todas parecen igualitas. Un puñado de estructuras bajitas simples, cada una con su pequeña césped en frente y su mascota vagando en el sol. Pero esas mismas casas guardan historias muy variadas y muchas de ellas tristes. 110 niños, niñas y adolescentes viven en la Aldea Infantil arriba de la capital, la mayoría de ellos son huérfanos. Ofrecen distintas explicaciones: “mi papá fue atropellado”; “mi mamá era alcohólica”; “una talud se cayó y mató a mis dos padres”; “no sé, sólo me dicen que ya no están aquí”. Este martes, los chicos abrieron las puertas a que estos adoloridos y confusos acontecimientos vuelvan. Este miércoles al mediodía las volvieron a cerrar. Pero en el entretanto quedó mucho espacio para los recuerdos.

Los dos días de Todos Santos y el Día de los Difuntos adquirieron un especial significado allí en la Aldea Infantil. A las cuatro de la tarde este martes cada niño salió de su respectiva casa y se dirigió a la sala comunal. Allí, en frente de una mesa cargada de tantawawas con sus caretas serenas, pasankallas arcoíris y dos velas con parpadeantes llamas, un cura vestido de blanco ofreció una misa solemne. Leyó los nombres de las 28 almas que habían partido en los últimos años. Los niños queditos y atentos a la homilía, de repente alzaron la voz en coro al encontrar unas oraciones que sí les habían enseñado de memoria. Obedientemente se pusieron de pie, con los ojos cerrados y las manos juntadas, la sangre saliendo de sus delgaditos dedos bien apretados. ¿Quién sabe que imágenes les habrían venido en estos momentos de silencio? Algunos son de tan tierna edad que las memorias de sus padres ya han vuelto borrosas, mezcladas con algún cariño que les mostraba otro pariente o quizás de paso un desconocido especialmente amigable.

Los directores de la Aldea se comprometen a no separar los hermanos biológicos y a los mayores les toca hacer recordar a los más pequeños. Como es en el caso de Liliana Calle. Es una de las más mayores en la Aldea. Le llaman una de las “fundadores”. Ya tiene 16 años, pero ha vivido en la Aldea desde los ocho cuando se construyó. Contó que su padre, Félix Calle, sucumbió a una enfermedad en 2004 y luego se murió su madre, Julia Ticona, pocos años después. Ella intenta mantener sus memorias vivas entre sus cuatro hermanos.

“Es un día para recordar a nuestras papás y siempre tener los presentes. Hoy es cuando más podemos recordarnos de ellos y que nos aman,” subraya.

Lo mismo pasa con Rocío. Mirando las dedicaciones que han pegado a la mesa, narró con confianza lo que les sucedió a sus padres. Mientras todo, sus dos hermanitas escucharon a su lado, o más bien medio escondidas detrás de su espalda protectora. Con sus pocos años todavía no han superado su timidez.

Pero quienes les enseñan a todos a apreciar los ritos de estos dos días santos son las denominadas “mamás”. A la cabeza de cada casa es una de estas bondadosas mujeres que se dedica a vivir con los niños y encaminarles bien.

“Son mujeres llenas de amor pero por alguna razón u otra no han llegado a tener su propia familia y luego se encuentran con esos niños que también han quedado solos. Al principio es un vínculo de amistad y de cariño, pero luego es de pleno amor,” celebró el director general de la Aldea, Marco Tapia.

También hizo notar que los ritos que se practican dentro de la comunidad mezclan todo: un poco de la tradicional cosmovisión andina, del catolicismo y del evangelismo pero al final son las mamás quienes dirigen las prácticas dentro de cada hogar.

Al fondo del recinto, pasando por los columpios hoy vacíos, es la casa de Polonia Mamani, una mamá de sólo 28 años. Adentro se había armado una mesa típica. Había dulces, frutas, refrescos y en el centro un plato de aji de arveja que se ofreció a los arribados difuntos. Mamani se sentó en un sofá. Dos hermosas niñas se pusieron a cada lado de ella y le agarraron de la mano, pero con manifiesta ternura. Pero no fueron todos sus ‘hijos’ que pudieron entrar al sofá. Mamani alberga a nueve niños de tres familias diferentes y su amplia camada estába rebasando a otro sillón.

Mamani explicó que algunos de ellos no practicaban Todos Santos cuando vivían con sus familias biológicas, pero ella cree que es su responsabilidad introducirles a estos actos.

“Si no saben en algún rato van a dar vueltas. Lo hacemos para que por lo menos se acuerden una vez al año. Desde niña yo siempre lo he hecho y comparto con ellos. Les digo que los difuntos juntos con nosotros están y del cielo nos están mirando y cuidando,” manifestó.

Pero detrás de las rejas de la Aldea, los ritos de Todos Santos no se guardaron exclusivamente para los niños. Las mamás, así como los técnicos, tuvieron su momento para reflexionar. Este año Mamani conmemoró sus dos abuelos. Al acomodarse, sus recuerdos se volvieron historias y con una sonriente nostalgia contó que “a mi abuelo le gustaba harto la quinua y siempre que yo cocinaba, él olía y aparecía. Era más abuelito. Siempre era bien cariñoso con nosotros.”

Los niños, al principio cautelosos, se animaron con esta anécdota alentadora. Compartieron sus propios recuerdos: jugando con el papá; el inagotable apoyo maternal; el viaje familiar al parque zoológico de Mallasa, en La Paz aquel dichoso día.

Al transcurrir los 24 horas de Todos Santos y El Día de los Difuntos los animalitos que descansaban sobre altares a lo largo del país se levantaron para guardar esos agridulces recuerdos por otro año más.

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